«Yo no suplico amistad, jamás».
ps: las fotos son de Pinterest
Cuando tenía ocho años, me quedaba mirando a mis primas mayores y a sus amigas. Todavía vivíamos en Malabo, y me fijaba en lo fácil que les resultaba hacerse amigas, lo natural que era para ellas. Con los años se fueron marchando, una tras otra, a estudiar a España, y aun así siguieron inseparables. Si adelanto la escena hasta 2026, están todas rondando los cuarenta: unas casadas, con maridos e hijos; otras, mujeres de éxito que siguen solteras. Y lo que me parece bonito de verdad es que, con todo lo que ha cambiado en sus vidas, hayan conservado ese lazo.
Tengo la suerte de tener cuatro hermanas —¡alabados sean mis padres por ello! —. Cada una hace su vida, pero nos une un amor que nadie va a romper. Todas tienen su amiga o su mejor amiga. Todas menos yo. Mi mejor amigo es mi marido. Y Dios. Jajaja.
Ser introvertida me ha librado, seguramente, de unos cuantos dramas femeninos. Y no, no creo que todas las relaciones entre mujeres sean tóxicas. Pero cuando una mujer se hace mi amiga demasiado rápido, por dentro empiezo a preguntarme: ¿en qué momento me convertí en tu amiga? ¿Por qué soy tu mejor amiga, o siquiera tu amiga? ¿Cuándo me gané ese título?
Me lo cuestiono, aunque por fuera sigo siendo amable todo el rato. A lo mejor compartimos cosas del día a día, y a veces pienso que hay gente que confunde contarse intimidades con ser amigas. Pero, para mí, puede que solo seamos dos mujeres que, por casualidad, compartimos la misma anatomía. Ser las dos mujeres no nos hace amigas.
Me he visto ocupando roles muy distintos en la vida de mujeres que me consideran su amiga. Y me doy cuenta de que, quizá por ser transmitir calma, acuden a mi a soltar sus frustraciones, sus decepciones, sus confesiones, o todo lo que les pesa.
Pero ninguna se ha sentado conmigo a plantearme: vamos a crecer individualmente, a hablar del universo-mente humana, a estar cómodas en el silencio, a construir un imperio propio, a ser constantes, a priorizarnos, a plantarnos ante el mundo en nuestros propios términos.
Nunca me visto en vuelta haciendo con ellas algo que de verdad me apasione, ni hemos encontrado mucho que disfrutar juntas. Lo que sí he hecho es empatizar, escuchar y contestar con un «vale», un «claro, cuenta conmigo» o un «si me necesitas, me llamas».
Y lo curioso es que yo nunca les he puesto un título ni les he dado un rol en mi vida, como parece que ellas me lo han dado a mí. A ninguna la he asignado el puesto de mi mejor amiga, ni le he dado un sitio que todavía no se había ganado. Y, aun así, ellas parecían de lo más cómodas hacerlo conmigo.
de ahí a que muchas veces le pregunto a mi hermana: «¿por qué le gusta tanto a la gente llamarme su mejor amiga?».
La verdad es que ese título me incomoda. Pero tampoco quiero romperle la ilusión a nadie diciéndole que yo no veo lo nuestro igual. Puedo ser amable, estar ahí y desearle de corazón lo mejor sin fingir un vínculo que no hemos construido. estoy mas que segura que esto se llama " complacer" a los demás, aunque nazca de las ganas de ser amable.
Cuando pienso en todo esto, creo que la vida simplemente me pondrá en el lugar correcto, con la gente correcta, una a una, igual que hizo con mi marido💕. Porque cada interacción humana te enseña algo como: a saber qué quieres, dónde están tus límites, qué no estás dispuesta a negociar.
Las mujeres que he conocido —incluidas las que todavía trato— van por su camino y tienen sus propios recorridos, lecciones de vida, al igual que yo sigo con las mías.
Pero; a mis 39 años, sin amistades "femeninas" a las que pueda llamar, de verdad, mi amiga. Y, por no mencionar el entorno actual (malabo) en donde crecí parcialmente, me han hecho darme cuenta de una cosa: que hay mujeres a las que les cuesta solas. Algunas ni han sanado sus traumas por dentro. A otras les cuesta estar ser autenticas, o que no todavía se se hayan dado cuenta que no les hace falta un círculo grande, o pueda que no les nace querer una verdadera hermandad de la que intento describir.
Para mí hay algo de un vinculo casi sagrado cuando las mujeres se juntan y pueden llorar juntas, sostenerse y celebrarse la una a la otra, sin necesidad de competir, sin sentimiento de envidia, sin ojos y corazón de rivalidad. Esa es la parte hermosa de verdad.
Y hay otra cosa igual de importante: tener cosas en común. Una amistad no puede ser solo que una tenga a alguien a quien contarle sus problemas. " Deberías contactar a un psicólogo." También debería haber risas sin sentido, planes a largo y corto plazo, aprender cosas nuevas, tener conversaciones abiertas y el gusto simple de estar con la otra.
A lo mejor es eso lo que llevo manifestando todo este tiempo: conversaciones que pasen de lo superficial, mujeres con las que crecer, sentirme entendida, aceptada a, ser yo sin tratar de cambiarme. Alguien que no me haga sentir por dentro obligada a renunciar a mi entorno de silencio para recargar, por estar disponible a todas horas para demostrar que me importa.
Cualquiera podría relacionarse con otras mujeres y seguir sin tener la conexión mutua y genuina a la que requiere una amistad que de verdad. Puedes estar rodeada de gente y seguir deseando que te entiendan. Se puede amar la soledad sin rechazar la compañía.
Que una chica se te acerque no la hace mala, ni cada momento incómodo significa que sea tóxica. Pero tampoco todo trato es una amistad. Hace falta tiempo para ver quién es alguien real: si lo que hace cuadra con lo que dice, si respeta tus límites, si la cosa va en los dos sentidos.
Dato curioso : no necesito llamar cada día para preguntar cómo estás cuando ya sé que estás bien. ¡ No soy tu madre! No hace falta la comunicación diaria constantemente. A veces, saber que estás bien me basta para seguir con lo mío hasta que nos volvamos a ver.
Y cuando nos veamos, ¡por favor, cuéntamelo todo! Las aventuras, lo que te ha hecho reír, lo que has aprendido, dónde has estado, todo lo que te haya pasado desde la última vez. Para mí tiene algo mágico reencontrarse después de mucho tiempo y ver que el lazo sigue intacto.
Lo que he observado de mis "conocidas" que me suben a un pedestal de amiga es que el título viene con un contrato que nunca firmé. A veces siento que se esperaba más de mí como: estar siempre pendiente, llamando, preguntando cómo estaban, escuchando, demostrando una y otra vez que podían contar conmigo. Pero una amistad —la que yo prefiero, al menos— no se sostiene con una demostrando lealtad sin parar mientras la otra decide si ya ha hecho bastante.
Según voy conociendo a la gente, me fijo en cómo piensa, cómo lee las situaciones, cómo habla de los demás, los consejos que suelta sin que nadie se los pida, y si es capaz de ver que lo que ella ha vivido no es la realidad de todo el mundo. Miro si sabe ver el lado bonito de la vida o si siempre tira a lo oscuro. Me fijo en lo que le interesa, lo que ambiciona, lo que le importa.
Y a veces, sin más, descubro que ambas no tenemos nada en común. Solo ser amables, soltar una pequeña charla, coincidir en el mismo sitio, y seguir sin encajar como "amigas".
Ahí entra mi intuición "discernimiento". Cada vez que observo a una persona y pienso en lo distintas que podemos ser: nuestra forma de ver el bien y el mal, nuestras formas de ver el mundo. Lo que me hace pensar que posiblemente, como dice el refrán : «Dime con quién andas y te diré quién eres»
Yo— me río por dentro: ¿yo? ¿De verdad soy como ella? ¿Qué tenemos en común?
No es que me crea mejor que nadie. Soy humana, con mis defectos, y un montón de cosas que todavía tengo que trabajar y aprender.
Quizá sea eso lo que estoy aprendiendo sobre las amistades entre mujeres a estas alturas: a separar la amabilidad de la compatibilidad, la confianza del trato de siempre, y el que me necesiten del que de verdad me conozcan.
A lo mejor no se trata de tener más amigas. A lo mejor se trata de tener una amistad en la que ninguna tenga que competir, fingir, pasarse de la raya o aparentar ser otra para que la cosa dure.

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